jueves, 1 de septiembre de 2011

Somos unos mal educados.


Cuando escuchamos a miles de personas manifestarse por una educación de calidad, poner fin al lucro, pedir garantías por parte de Estado. Me pregunto si por un momento nos detenemos a pensar para que queremos ser educados, o para que el Estado debe o quiere invertir en educar a la población.

Entendiendo que el proceso social de trasmitir conocimientos, “educación”, de una generación a otra es parte de la consolidación de las estructuras sociales que se materializan en las tradiciones y valores que condicionan la formación de los individuos que pertenecen a ella. Pero al conformarse núcleos sociales mas grandes y mas abstractos como las naciones o estados, donde se crea en el inconciente colectivo una idea de pertenencia de algo que quizás no tenemos oportunidad de tener materialmente, la “educación” se trasforma en un mecanismo de formación de ciudadanos y trasmisión de modelos sociales, mientras que los capacita para obtener mano de obra apta para los requerimientos propios de las necesidades que requiera.

En nuestro modelo educacional: ¿cumplimos con alguno de estos puntos? ¿Aplicamos algún otro fin al tiempo invertido en cada sala de clases? ¿Para que nos educamos? ¿Después de 12 años de instrucción obligatoria, tenemos un aporte real que hacerle al país o a nuestra sociedad?

Creo que hace décadas nuestra sociedad perdió el total significado de lo que es la educación y la instrucción, tomando caminos muy separados, las estructuras sociales se adaptaron a la realidad en la que se desenvolvía mientras que los modelos educacionales se quedaron atrapadazos en utópicas ideas de un pasado que dejo de ser representativo en cuanto al fondo y la forma. Nuestro sistema educacional no cumple con los criterios mínimos de formación como personas integrales en una sociedad fragmentada por el materialismo moderno, ni genera ciudadanos y menos trabajadores aptos para los desafíos de un mundo globalizado.

Dentro del esquema país, Chile ha apostado por un modelo económico liberal e integrado a los círculos económicos mundiales, desde nuestra ubicación periferia en relación a los centros económicos mundiales, Chile aposto por un modelos productor de materias primas y en menor media proveedor de servicios, modelo que solo incluye a un grupo minoritario de la población, por diversos factores económico-sociales, mientras que el resto solo se da vueltas en el mismo lugar conformándose con ser pasajeros de tercera clase en todo el proceso económico mundial, engañados por discursos esperanzadores de un futuro desarrollo, que solo llegara en lo monetario, porque ya nos quedamos debajo de una industrialización y una tecnificación. Conformando una sociedad falseada en lo material y carente de carácter propio, hasta que decidamos hacer una apuesta y retomar el camino de la formación de nuestra propia identidad.

Hemos perdido décadas y generaciones por vivir en un letargo mortal, pero estamos a las puertas de un proceso de cambio profundo, porque conformarnos con cambios superficiales que solo busca algo material a corto plazo, porque no pensamos en buscar nuestro lugar en el mundo y hacer un aporte real, y pasar a ser parte de quienes dictan pauta en un mundo donde ya no importa el poder industrial si no que importa el CONOCIMIENTO.

Asi como nos dimos cuenta que nuestros recursos naturales eran lo mejor que teníamos para insertarnos en el mundo global, porque no apostar por un desarrollo basado en el capital intelectual al cual podemos sacarle partido. Dando alguna sentido a nuestra educación.

Soy un indignado.

Cubillos, Felipe

Martes 30 de Agosto de 2011

Soy un indignado
Pertenezco a ese grupo de chilenos que después del terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010 nos hemos dedicado a ayudar a levantar escuelas, jardines infantiles, botes de pescadores y comercios que fueron destruidos por la fuerza de la naturaleza. Hemos sido miles los que hemos dedicado nuestro mejor esfuerzo, nuestra pasión y nuestro compromiso en ayudar a volver a levantar a Chile. Lo hicimos desde la alegría y desde nuestra libertad.

Muchos lo hicimos donando a Teletón, Desafío Levantemos Chile, al Techo para Chile y a muchas organizaciones de la sociedad civil. Miles de jóvenes se volcaron a ayudar a miles de familias chilenas, y nos conmovimos con el sufrimiento, pero sobre todo nos cautivamos con el compromiso de tantos por reconstruir nuestra sociedad. Sabemos que todavía nos queda mucho por hacer.

Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para que ningún niño chileno perdiera su año escolar en 2010 y, junto a mucha gente, lo logramos. Pero, un año después, vemos que miles de nuestros jóvenes están a punto de perderlo.

Soy un indignado, porque logramos levantar escuelas caídas para que nuestros niños pudieran estudiar, pero, un año después, otros las queman.

Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para levantar los pequeños comercios devastados por el terremoto y tsunami para que los emprendedores se volvieran a levantar; pero, un año después, veo a cientos de comerciantes como ellos que sufren los destrozos de sus locales cada vez que hay una protesta callejera.

Soy un indignado, porque un joven inocente ha perdido su vida tan sólo por haber estado en el lugar y momento equivocados (mientras escribo esta columna nos acabamos de enterar de que la bala que mató al joven Manuel Gutiérrez salió del arma de un carabinero; ojalá tengamos la mesura para condenar un hecho puntual y no a una institución completa, pues si es así escalemos también hasta los organizadores de las protestas).

Soy un indignado, porque vimos cómo nuestros carabineros evitaban los saqueos en los días posteriores al terremoto, y ahora vemos cómo delincuentes, escondidos entre los estudiantes, los atacan sin piedad en cada protesta.

Soy un indignado porque, pese a todos los problemas que tenemos como sociedad, hemos tenido avances notables en las últimas décadas, y hoy nadie se atreve a reconocer su paternidad o maternidad.

Soy un indignado por esos pseudoempresarios que engañan a la gente, sobre todo a los más pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni siquiera preguntarles.

Soy un indignado, porque conozco a muchos emprendedores de la educación subvencionada que, precisamente por hacerlo mejor que los colegios estatales (sí, los municipales, también son estatales), hoy día corren el riesgo de tener que cerrar sus colegios.

Soy un indignado, porque muchos de los parlamentarios de nuestro país han renunciado al liderazgo y responsabilidad que les otorgamos en las urnas.

Soy un indignado cuando veo al presidente del Colegio de Profesores defendiendo una supuesta calidad de la educación, cuando el gremio que preside se niega a evaluarse.

Soy un indignado, porque no estamos discutiendo las verdaderas y profundas razones de la pésima y desigual educación que les estamos entregando a nuestros jóvenes, quizás porque llevamos años usando a la educación como caballito de batalla de la política de turno.

Soy un indignado porque, salvo honrosas excepciones, hemos caído en la política de las encuestas y el Twitter, y hemos renunciado a defender las convicciones. ¿Qué tal si los políticos apagaran por unos días sus computadores y se dedicaran a defender sus convicciones?

Hoy día hablo por mí, y sólo por mí, porque además creo que no somos muchos los que en estos tiempos creemos en la libertad; sí, esa libertad para emprender, para equivocarse, para educar, para enseñar y para aprender.

Soy un convencido de que la derrota de la libertad no se debe a la fuerza de sus enemigos, sino que a la debilidad de sus defensores.